Caminando por el mercado me fijé en un señor que siempre estaba sentado en el mismo lugar. Aquel señor vestido con un pantalón de franela, una camisa y varias chompas que no parecían abrigarle mucho; el trabajaba pesando a las personas con una balanza, esta estaba nueva y cubierta de plástico para que no se ensucie. Lo vi y le dije para que me pesara, lo hizo, me señaló un peso que no me agradó en lo absoluto y me di cuenta de que debía ayudarle.
Le hablé, le pregunté sobre el y me conmovió con su tierna pero dramática historia. Se llamaba Decisión, venia del distrito de Cainas en Huanuco; había venido a Lima desde hace una semana ya que no podía seguir trabajando en la chacra por su vejez, su esposa estaba presa en Santa Mónica y su hijo trabajaba para mantenerlos, fue el quien le había comprado su balanza para que le ayudara un poco, pero según lo que me mostró, solo ganaba un par de soles al diario.
Después de hablar unos 10 minutos con el le invité para almorzar, me respondió que no porque le podían robar la balanza, le dije que lleváramos la balanza y me dijo que en realidad era invalido.
Me fui a comprarle la comida, no encontraba ni un lugar donde vendieran algo sustancial hasta que encontré un puestito que decía “De la selva su sazón” donde vendían pescado asado de forma artesanal y Juane con hojas recién arrancadas –y lavadas – de árboles, le compré el pescado con chifles, un Juane y una botella de Yogurt.
Volví lo más rápido que pude esquivando a la multitud caótica del mercado procurando que la comida no se enfríe, cuando llegué el señor estaba pesando a otra persona, le dejé la comida y me senté a su costado. Sus ojos desbordaron de gratitud, me dio un beso en la mano y me bendijo varias veces.
Esperé a que terminara todo, aunque dejó un poco para su hijo, ya pensaba en irme pero hubo algo que me detuvo, aún no le había ayudado.
Retrocedí unos paso y comencé a llamar a la gente que pasaba, muchos me ignoraban, otros se reían y uno que otro me respondía de forma original, pero cortante. Media hora después, habiendo pasado decenas de insultos y mofas le hice ganar como 7 soles al señor, el viejo me dio una gran sonrisa y lo ayude a subirse a su pequeño tabloncito con ruedas, lo acompañé un par de cuadras hasta su casa y me despedí de el. Antes de irme me dio algo, en agradecimiento me regaló un pequeño libro llamado “Infierno de Papel”, le dije que no podía aceptarlo pero insistió, le agradecí y me llevé el libro.
miércoles 23 de septiembre de 2009
El hombre de la balanza
Hecho por
Alvaro Ramos
a las
16:25
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1 coments:
Me agradó el relato, pero me dejaste un sabor amargo de querer saber algo más, algo mucho más allá del final.
Un abrazo fraterno.
PEDRO
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